:. . SUPERSPACE RECORDS - TRANSGRESIONES SÓNICAS, MINIMALISMO Y VISIONES

domingo, 1 de mayo de 2005

Colisión Matriz

A continuación comparto un cuento que escribí hace algunos meses... Espero les agrade...

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COLISIÓN MATRIZ

Un día, cuando regresaba a casa luego de estudiar, encontré a dos personas esperándome en la vereda. Uno de ellos era Arturo, un compañero de la Universidad, el otro era un completo desconocido para mí pero como venía con mi amigo los invité a ambos a pasar. Ya dentro, no fue necesario cruzar palabra para saber que lo que los tres queríamos hacer era escuchar música. Nos acomodamos como pudimos y, luego, puse algunos discos de mis bandas favoritas.

A Federico, el chico que Arturo había traído a mi hogar, se le notaba bastante impresionado. Yo pensaba que la expresión de su rostro se debía a que, por su notoria juventud, no había jamás tenido contacto con música como la que Arturo y yo consumíamos; y no estaba equivocado. A medida que el tiempo y los sonidos transcurrían, yo me sentía feliz en mi burbuja, en mi cielo. Sabía que Arturo debía sentirse igual de contento, pues no había pronunciado palabra desde que el primer disco de la sesión había empezado.

- ¡¡Ufff!! Se acabó el “Miel Nube Hiel”. ¿Y ahora qué deseas escuchar? –pregunté a mi amigo.
- Eeehhh… no sé, John. ¿Tienes el “Playing with Fire”? –contestó.
- Sí, tú sabes que yo tengo todos los discos de Spacemen 3, pero justo el que me pides se lo he prestado a Chris.
- Hay cosas que no se deben prestar.
- Pero Chris me ha hecho un montón de favores y no se lo podía negar, fíjate que le tuve que prestar ese álbum y el “Sound of Confusion” también… además lo conozco desde la primaria… no creo que se malee…
- En fin, tú sabes lo que haces –replicó mi amigo.
- Claro, además acá hay bastante de que escoger, ya sabes, tengo cintas y discos de post-rock, ethereal-noise y ambient.
- Lo sé. Por eso decidimos venir a buscarte. Alucina que estábamos en la calle y no sabíamos a dónde ir.
- ¿Dónde se encontraron? –pregunté.
- En la Iglesia de las Nazarenas.
- Asu...
- Pero nos fue mal, así que nos arriesgamos y venimos…
- … sin avisar.
- Estábamos desesperados. Tú sabes que mis viejos son bien anticuados y no les gusta que lleve a casa gente que no sea de mi cole o de la Universidad.
- Sí, pues, fea nota. A propósito, ¿tu vieja aún sigue pensando que somos homosexuales?

Cuando hube hecho esa última pregunta, vi que Federico había sacado un papel de su mochila y se había puesto a escribir. No sé por qué, pero no le presté atención. No lo conocía.

La última vez que había estado con Arturo en su casa, nos sucedió algo, para nosotros, inaudito. Habíamos llegado después de clases y lo primero que hicimos fue almorzar; luego, Arturo bajó de su cuarto algunos discos que le habían llegado del exterior, así que nos encerramos en una habitación del primer piso y, tras apagar las luces y cerrar las cortinas, nos dispusimos a escuchar sus CDs. No había pasado ni una hora, cuando oímos que alguien golpeaba desesperadamente la puerta.

- Mi vieja está loca, imagínate, creer que tú y yo estábamos teniendo sexo en mi casa.
- Sí pues, qué mal de su parte. ¿Tu madre te alucina un montón, no? –le pregunté.
- Ella tiene miedo, no sé de qué.
- Pero, si te ha visto crecer… ¿cómo puede dudar tanto de ti?
- Es que a ella nunca le gustó que fuera tan introvertido y que me dedicara a leer libros “extraños”. Siempre discutía con mi padre por esos motivos.
- ¿Y él qué dice, está más consciente?
- Así parece. Con él puedo hablar de poesía o de filosofía y creo que entiende.
- Qué locura, Arturo –dije algo contrariado.
- Ya sé, mejor, escuchemos ese disco de Seefeel que pusiste el otro día en mi casa.
- Será un placer.

Acto seguido coloqué, en el stereo, el álbum de aquel grupo inglés que mi amigo, tan sabiamente, había pedido. Por aquellas épocas siempre que escuchaba el “Succour” sentía que me transformaba en otro. Y aquella ocasión no fue distinta. Mientras el disco de Seefeel sonaba fuertemente, empecé a danzar, cual poseído por un espíritu ancestral, en medio de la habitación. Mis brazos y piernas dibujaban figuras voluptuosas. Cada ritmo de percusión motivaba en mí un éxtasis sin par. Hubo un momento en que alcé los ojos y observé como si un cielo imaginario cubriera el recinto, pintándolo de un sutil celeste. Entonces paró la música.

- John, despierta, todos han muerto.
- ¿Qué? ¿Qué sucede?
- Tus amigos, hijo, se los han llevado ya… Parece ser que los dos se han pegado un tiro en el corazón.
- No puede ser. ¿Por qué me dices eso, papá?
- Pues, así es, John. Mira, han dejado esto para ti.

Me puse las gafas y cogí, temblando, un papel manchado de sangre que mi padre me daba. En él había un texto que decía:

“John, uno de estos días algunos ojos se abrirán, no
desesperes, pues, mañana no hay mañana”.

Federico.

FIN.

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