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martes, 5 de enero de 2016

Pensando en Gramsci


Por César Hildebrandt*
Extraído de "Hildebrandt en sus trece"

Los que odian pensar y piensan, con odio bacteriano, que las cosas deben de seguir tal como están (es decir, sin administrarle al paciente los respectivos antibióticos contestatarios), profesan un particular odio en contra de Antonio Gramsci.

Y es que Gramsci les hizo más difícil la tarea a todos los inmovilistas. Fue uno de los marxistas que más contribuyó a darle a la burguesía y a la democracia formal y despiadada donde más les podía doler: en la esencia de su poder.

Mientras muchos pensaban en acumular fuerzas, Gramsci se dedicó a pensar en el porqué era tan difícil cambiar las cosas y en lo poco que eso tenía que ver con los mitines multitudinarios, la lucha armada y los apasionamientos voluntaristas.

Y pensó siempre y siempre lo hizo en las circunstancias más hostiles. Hijo de muy pobres, víctima de una enfermedad que le impidió crecer y lo jorobó, tan frágil de salud como monumental de carácter, Gramsci fue el niño becario que se esforzó hasta conmovernos, el adolescente que tuvo que interrumpir la secundaria para trabajar, el universitario otra vez becado gracias a su talento y, por último, el constructor del Partido Comunista italiano y el profeta de un marxismo no lóbrego ni sectario que fue el que cautivó a José Carlos Mariátegui y que fue el que el marxista peruano habría adoptado si hubiese vivido durante el estalinismo de los gulags.

Curioso esto de Mariátegui y Gramsci: ambos periodistas, ambos víctimas de un hándicap físico, ambos procedentes de la pobreza, ambos magníficos prosistas, ambos de mentalidad abierta, ambos marxistas, ambos casados con bellas mujeres y ambos fundadores de sendos partidos comunistas.


Me dirán qu la diferencia era que allá era Mussolini y aquí Sánchez Cerro y que allá Gramsci discutía con Palmiro Togliatti mientras que aquí Mariátegui lo hubiese tenido que hacer con Eudocio Ravines y que allá había que demoler a Croce y aquí a Sánchez y sí, todo eso es cierto. Pero también es cierto que aquí o allá el fascismo llega con los soponcios y los sustos y los desmayos y que las balas siempre son de plomo y matan sin importar el hemisferio.

Porque la verdadera aldea global fue y será la de la violencia en contra de los débiles.

El asunto es que Gramsci se tuvo que sobreponer a todo para hacer lo que hizo. Y aunque solo vivió 46 años -once de los cuales, los últimos, los pasó en la cárcel gracias a Mussolini-, fue el que descubrió que el poder que la injusticia llama orden y el orden que necesita de la injusticia para imponerse, ese poder y ese orden vienen del campo de las ideas, los valores, la información.

Y a todo eso llamó, en varios de sus cuadernos carcelarios, "bloque hegemónico", es decir, la red compleja que los de arriba tejen para que los del medio y los de abajo crean y no duden de que lo que están viendo es "la única realidad posible". En esta vasta operación, claro, interviene el nacionalismo como trinchera supuestamente común, la iglesia como administración del miedo, la prensa como pedagogía de la resignación, la cultura como parte del orden que dice no representar y los intelectuales avenidos como declamación y prestigio.

Gramsci fue el primero que descubrió que era en el mundo de la comunicación donde se librarían las grandes batallas del futuro. Si no se hubiese muerto de tuberculosis el 27 de abril de 1937 y pudiese ver lo de estos tiempos, tendría que admitir que la derecha está ganando el partido por varios murdoch, un montón de mercurios, un puñado de berlusconis.

Gramsci rabiaría de ver lo que hoy se ve. Y quizá lo primero que haría sería preguntar por Bettino Craxi, el socialista ladrón tan conocido en el Perú por sus contactos del más alto nivel. Gramsci querría abofetearlo.

¿Y por qué escribo sobre Gramsci?

Porque justo ayer un prelado del Vaticano ha dicho que, en sus últimos días, sabedor de que se moría, Gramsci se reconcilió con Dios y hasta tuvo cerca una estampita de Santa Teresita del Niño Jesús.

Por supuesto que en la Fundación Antonio Gramsci han dicho que eso es una mentira.

A mí me parece una venganza tardía o, por lo menos, una versión de parte. Me gustaría preguntarle al sacerdote Luigi De Magistris, que así se llama el autor de este chisme eclesiástico, si de verdad jura por los tres pastores de Fátima que lo que dice es cierto.

Si me dice que sí, que sí jura, sabré que está mintiendo.


*25 de noviembre de 2008.

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