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domingo, 10 de abril de 2016

Luc Ferry says



¿Cómo funcionan en la práctica las religiones de cara a la suprema amenaza que, según ellas, nos ayudarán a su­perar? En lo esencial, a través de la fe. En verdad es ella y sólo ella la que puede hacer recaer sobre nosotros la gra­cia de Dios. Afirman que si tienes fe en El, Dios te salvará, y de ahí que ante todo exijan humildad que, a sus ojos (y esto es algo que no dejan de repetir los mejores pensado­res cristianos, desde san Agustín a Pascal), es lo contrario de la arrogancia y la vanidad propias de la filosofía. ¿Por qué lanzar esta acusación contra el pensamiento libre? Pues simplemente porqué la filosofía también pretende salvarnos, si no de la muerte misma, al menos de la angus­tia que nos inspira, pero recurriendo sólo a nuestras propias fuerzas y con la sola ayuda de la razón. He ahí, al menos des­de un punto de vista estrictamente religioso, el orgullo 
fi­losófico por excelencia, la insufrible audacia ya percepti­ble en los primeros filósofos, los de la Grecia antigua, muchos siglos antes de Jesucristo.

Al no lograr creer en un Dios salvador, el filósofo es, ante todo, aquel que cree que conociendo el mundo, comprendiéndose a sí mismo y a los demás en la medida que nos lo permite nuestra inteligencia, se puede llegar a superar los miedos, pero más que desde una fe ciega, des­de la lucidez.

En otras palabras, si las religiones se definen a sí mismas como doctrinas de salvación a través de Otro, por la gracia de Dios, podríamos definir los grandes sistemas filosóficos como doctrinas de la salvación por uno mismo, sin la ayuda de Dios.

Así, Epicuro definía la filosofía como una «medicina para el alma» cuyo objetivo último era hacernos com­prender que «no se debe temer la muerte». Esta idea compendia todo el programa filosófico que su discípulo más destacado, Lucrecio, expusiera en su poema "De la naturaleza de las cosas":

  Ante todo es preciso dar caza y destruir ese miedo al Aqueronte [el río de los infiernos] que, penetrando hasta lo más hondo de nuestro ser, envenena la vida humana, todo lo colo­rea con la negrura de la muerte y no permite que ningún placer subsista limpio y puro.

Y todo esto se aplica igualmente a Epicteto, uno de los mayores representantes de otra escuela filosófica de la Grecia antigua de la que te voy a hablar en un instante, el estoicismo, que acabará reconduciendo todos los interro­gantes planteados por la filosofía a una misma y única fuente: el miedo a la muerte.

Escuchemos, por un instante, cómo se dirige a su discí­pulo intercambiando con él algunas observaciones:

  ¿Tienes claro, le dice, que el origen de todos los males para el hombre, de la abyección, de la bajeza, es [...] el mie­do a la muerte? Adiéstrate contra ella; que a ello tiendan todas tus palabras, todas tus lecturas, todos tus estudios y lle­garás a saber que es el único medio que existe para hacer li­bres a los hombres.

2006 
 

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