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lunes, 30 de mayo de 2016

Luc Ferry says 2


...Empecemos por lo esencial: según un planteamiento apenas esbozado en el prólogo de este libro (lo que no implica que no estuviera destinado a pasar a la posteri­dad), los dos mayores males que pesan sobre la existencia humana (en opinión de los estoicos), los dos frenos que nos bloquean y nos impiden acceder a un desarrollo com­pleto son la nostalgia y la esperanza, el apego al pasado y la preocupación por el porvenir. Hacen, sin cesar, que nos perdamos el instante presente, nos impiden vivir plena­ mente. Se podría decir que, desde este punto de vista, el estoicismo está detrás de uno de los aspectos probable­mente más profundos del psicoanálisis: aquel que analiza cómo quien acaba siendo prisionero de su pasado nunca será «capaz de disfrutar ni de actuar», como dice Freud. Esto significa, entre otras cosas, que la nostalgia de los pa­raísos perdidos, de los goces y sufrimientos de la infancia, tienen en nuestras vidas un peso mucho mayor del que se les reconoce.

Esta es, sin duda, la primera de las convicciones que halla expresión práctica más allá del entramado teórico de la sabiduría estoica. Marco Aurelio la formula al inicio del libro XII de sus Meditaciones, probablemente mejor de lo que lo haría cualquier otro:

Todas aquellas cosas a las que ansias llegar dando un ro­deo puedes tenerlas ya si no te las escatimaras a ti mismo. Esto es, si abandonases el pasado y confiaras el futuro a la providencia y dirigieras el presente sólo a la piedad y a la jus­ticia. A la piedad, para que ames la parte que te ha tocado, pues la naturaleza te la trajo a ti y a ti a ella. A lajusticia, para que libremente y sin retorcimientos digas la verdad y actúes conforme a la ley y al valor.

Para poder salvarnos, para acceder a la sabiduría que está por encima de la filosofía, resulta imperativo aprender a vivir sin miedos vanos ni nostalgias superfluas, lo que supone que uno debe dejar de vivir en dimensiones temporales que, como el pasado y el futuro, no tienen existencia real alguna, para atenerse, en la medida de lo posible, al presente:

Que no te confunda la reflexión sobre la vida entera. No andes cavilando en cuáles y cuántas cosas penosas es de creer que te han de pasar, sino que a la vista de cada una de las presentes pregúntate a ti mismo qué parte de la tarea es in­ tolerable e insufrible. [... ] Luego, acuérdate de que ni el fu­turo ni el pasado te pesan, sino el presente siempre'.

He ahí la razón por la cual hay que aprender a desem­barazarse de esas cargas extrañamente ancladas en dos símbolos de la nada. Marco Aurelio insiste en ello:

Recuerda que cada cual vive el instante presente, el momento. El resto, o es pasado o un oscuro porvenir. Así pues pocos entienden de la vida que realmente debemos afrontar.


O como afirmaba también Séneca en sus Epístolas morales a Lucilio:

Hay que guardarse de estas dos cosas: el miedo al porve­nir y el recuerdo de antiguos males. Estos últimos ya no me conciernen y el porvenir aún no me concierne.

 
...


Olvidamos que no existe otra realidad que la de aquí y ahora, y que esa extraña huida hacia delante seguramente nos hará fracasar. Casi todos los días experimentamos do­lorosamente cómo un objetivo alcanzado nos deja indife­rentes cuando no decepcionados. Como esos niños que abandonan sus juguetes nuevos al día siguiente de Navidad, la posesión de bienes que hemos deseado ardiente­mente apenas nos hace mejores o más felices que antes, pues las dificultades de la vida y la tragedia de la condición humana permanecen inalteradas y, según la famosa fór­mula de Séneca, «mientras se espera vivir, la vida pasa».

...


Por eso, según un célebre proverbio budista, hay que aprender a vivir como si el instante más importante de tu vida fuera el que estás viviendo en este mismo momento y las personas que más contaran fueran las que tienes de­lante. Porque el resto simplemente no existe, el pasado ya no es y el futuro no es aún. Las dimensiones temporales no son sino realidades imaginarias que nos echamos a la espalda para convertirnos en esas «bestias de carga» de las que se mofaba Nietzsche y así perder mejor «la inocencia del devenir» y justificar nuestra incapacidad para lo que Nietzsche denominaba (muy en la línea de los estoicos) el amor fati, el amor a lo real tal como es. Felicidad perdida, felicidad por venir pero, de resultas de esto, presente hui­dizo, reenviado a la nada cuando se trata de la única di­mensión real de la existencia.

LUC FERRY
Aprender a vivir. Filosofía para mentes jóvenes.
2006

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