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sábado, 22 de octubre de 2016

Ferocidades contra el Apra y Haya de la Torre | Parte 2


Extraído de "Hildebrandt en sus trece"

Ve a la parte 1 acá

(Continuación)

"... ¿Por qué he esperado unos meses para hacer estas declaraciones? Porque habría sido una crueldad hacerlas cuando Haya de la Torre se hallaba todavía asilado en la embajada colombiana. Ellas habrían dado lugar quizás a que se perturbasen aún las relaciones entre Perú y Colombia y el problema todo de la institución americana del asilo -que debe defenderse con la mayor energía- adquiriese una complicación peligrosa para su existencia. Opinaba yo entonces y sigo opinando que el gobierno peruano había cometido un error capital al negar el salvoconducto de Haya y no había de ser yo quien fuese a proporcionarle medios capaces de salvarlo de la encrucijada en que se había metido. Nadie puede esperar de mí, ni ahora ni nunca, que me pase a las filas del adversario. Y si hoy asumo esta actitud, no obstante el riesgo de que pudiera redundar en provecho del régimen actual, con el que, repito, no comulgo, es porque pienso que encima de tal consideración está la salud de la República, a la cual es preciso librar de mayores males. He aquí otra razón de mi demora, ciertamente la más poderosa. Hasta último momento estuve alimentando la esperanza de que Haya de la Torre podría haber sido, si no ajeno, contrario a tales procedimientos y que impotente para evitarlos a su debido tiempo, estaría dispuesto a sancionarlos por medio de la catarsis y de la purga, descargando así al partido de pecados que lo encegaron en la medida que hoy conozco. Por eso, cuando el 8 de julio Seoane y Barrios me hablaron por teléfono desde Santiago para comunicarme que, habiendo accedido finalmente a múltiples solicitaciones para que se entrevistara con Haya de la Torre en Montevideo, creían conveniente mantener en suspenso las renuncias -las de ellos y la mía- hasta que se vieran los resultados de las nuevas conversaciones, no opuse reparos.

Luego, a su tránsito por Buenos Aires, en el aeródromo, declararon ante mí y los jóvenes apristas Héctor Cordero y David Juscamaita que iban enteramente decididos a no ceder un ápice en el mantenimiento de las reservas formuladas a la conducta de Haya. En esa oportunidad les entregué un memorando para el fundador del partido, cuyo texto es el siguiente: "CONDICIONES QUE DEBEN LLENARSE SIN DEMORA Y EN FORMA DE COMPROMISO ESCRITO Y FIRMADO POR HAYA DE LA TORRE, PARA EVITAR LA RENUNCIA DE ALBERTO HIDALGO AL PARTIDO".

1a. La Revalidación categórica de los principios básicos del aprismo. Antiimperialismo, justicia social, unidad de América Latina, apoyando a cualquier gobierno que tenga medios para auspiciar con hechos. 2a. Condena sin eufemismos de los Estados Unidos por lo de Guatemala y Puerto Rico. 3a. Investigación interna y exhaustiva de los crímenes atribuidos al Partido hasta su total esclarecimiento y ulterior denuncia a la justicia de los autores, sean quienes sean, previa expulsión de los mismos de las filas apristas, para lo cual se hará abstención de toda jerarquía. 4a. Expulsión lisa, llana e irrevocable de Luis Alberto Sánchez y Armando Villanueva del Campo. 5a. Declaración de que el partido no será más una monarquía. 6a. Rectificación expresa de la tesis de "interamericanismo, democrático sin imperio" y substitución de la misma por otra dirigida a quitar a los países de Latinoamerica la condición de subyugados política y económicamente de Estados Unidos".

Desgraciadamente, lo que muchos temíamos aconteció en dichas reuniones. Seoane y Barrios no solamente cedieron ante Haya, con quien pactaron un convenio en el que fueron olvidados los capítulos centrales de su disidencia, de nuestra disidencia principista con Haya, y en cuanto a los acuerdos estos fueron hechos en forma vaga y escurridiza y se dieron por inexistentes los puntos culminantes de mi memorándum, quizás creyendo que bastaría una carta afectuosa de Haya a mí para someterme. Así pues, todo me da derecho a pensar que no existe ni lejanamente el propósito de limpiar al Partido Aprista desvirtuando por medio de una clara investigación interna las acusaciones de criminalidad que se han hecho y retomando con claridad la vieja línea revolucionaria democrática y antiyanqui. Nadie puede, por lo tanto, discutir mi derecho a alejarme de una agrupación en la que mi permanencia podría tener ya el carácter de una complicidad.

Aún reconociendo que Seoane le ha ganado a Haya una batalla, obligándolo a dar momentánea marcha atrás en su decisión de una semana antes para invalidar al Comité Coordinador, es evidente que ha caído en las redes de este. Haya de la Torre proclamó recientemente la necesidad de "actuar menos como palomas, y astutos como serpientes", según consta en el texto de renuncia de Seoane y Barrios, en la cual se hacen, además, otras gravísimas acusaciones a aquel. Y bien, como primer acto de esa abominable doctrina de actuar manso como paloma y astuto como serpiente, Haya ha dejado en manos de Seoane el gobierno de la agrupación, mas cuando pase la tormenta y Seoane haya perdido pie a causa de la ingenuidad con que ha dado por un hecho consumado la rectificación política y moral de Haya, lo relegará a una posición secundaria o nula, para poder, entonces sin interferencias, acometer su tarea de entrega de la dignidad peruana a Estados Unidos y de la clase trabajadora a la oligarquía criolla, pues para ello ha venido enviando "recaditos de buena conducta al Departamento de Estado, que son tácitamente recaditos a nuestra voraz oligarquía", según me dijera Seoane en una carta del mes de mayo, lo cual debe ser absolutamente cierto, pues Seoane, hombre honorable sin duda, no lo hubiera afirmado de no saberlo de buena fuente. Pero el pacto, bien intencionado aunque ingenuo por parte de Seoane, y "astuto", es decir avieso, reptilíneo, por parte de Haya no hubiera podido quedar concluido sin el arbitramiento de un recurso destinado a neutralizar a quien, como yo, había tenido la audacia de enviar un ultimátum al orgulloso jefe del partido y amenazaba con su renuncia. Lo más sencillo hubiese sido decirse: "Y bueno, si quiere irse, que se vaya; nadie lo ataja". Mas no: Haya comprendio que era preciso logar el retiro de mi dimisión, aunque fuese con sacrificio de su autoridad y su soberbia y para conseguirlo decidió apearse de su trono, enviándome la carta que transcribo, escrita de su puño y letra, y con lo cual pretendió ganar mi silencio y asegurarse mi complicidad:

"Montevideo, julio 22, 1951
Querido Alberto Hidalgo:
No pude contestar a tiempo su carta enviada a Mexico. Va, aunque tardía, mi respuesta ahora. Espero que todas las dificultades y pequeñas disputas sean superadas, pues necesitamos que el Partido no pierda su unidad secreto de su fuerza. Parte hoy Manolo con los compañeros Iza y Barrios. Creo que estas conversaciones de Montevideo han dado los mejores resultados al fin. Espero sus buenas noticias y le saludo con la amistad de siempre.
Víctor Raúl".

Como se ve, ni una palabra sobre el enjuiciamiento y condena de los crímenes atribuidos al partido, cual si se quisiera echar tierra sobre ellos o se temiese las salpicaduras de una investigación; ni una palabra sobre la expulsión de individuos cuya conducta "daña al partido en el Perú y lo sigue mellando en el exterior", según afirma la susodicha renuncia de Seoane y Barrios; ni una palabra respecto de Estados Unidos, como si compromisos oscuros impidieran el pronunciarla. ¿Iba ya a permanecer en el partido y guardar un silencio delincuente sólo porque Haya de la Torre me pasara una mano epistolar sobre los hombros? No, evidentemente.

...

Mi demanda es resultado de las hondas meditaciones en que me he sumido últimamente para averiguar las causas que pueden haber determinado a Víctor Raúl Haya de la Torre a malograr su porvenir y el de su partido, a prostituir su conciencia y contagiar la de sus allegados, a dar la espalda a la luz y sumirse en el fango, a ser, de 1932 a 1948, según parece, eje de las actividades criminales imputadas al aprismo, y a convertirse, en 1954, en el traidor número uno a su propio partido y sus propias ideas, el juguete de los afanes imperialistas de los Estados Unidos, el desmemoriado por excelencia de los anhelos de justicia social del pueblo peruano, el apañador de los compañeros que conquistaron posiciones públicas para llenarse de dinero o de los que, bajo el disfraz de empleados de las Naciones Unidas, son sirvientes y propagandistas de la burocracia y el capital norteamericano.

Pues, contrariamente a lo que podrá pensarse, no creo yo que Haya de la Torre sea un asesino, ni siquiera en estado potencial. Es, más bien, un hombre propenso a la solidaridad con el dolor ajeno, dueño de no pocas virtudes, nunca acosado por el prurito de enriquecimiento ilícito, dotado de un talento de veras  excepcional, sólo que desviado de su verdadero camino pues tengo para mí que, si en vez de dedicarse a la política, se hubiera consagrado a la literatura o al arte, habría sido un triunfador, hubiera llegado a ser uno de los más grandes escritores, pintores o músicos de nuestro tiempo. Quiso ser político, y este ha sido el mayor de sus errores porque para el ejercicio de esta carrera se halla inhabilitado -recién ahora lo comprendo- por el mal que padece, posiblemente congénito, que trastorna su mente, deforma o anula sus cualidades morales y lo convierte en instrumento protervo de las peores pasiones y de los más execrables apetitos: la inversión sexual.


Homenaje a Haya de la Torre, 1964

Desde 1917, en que lo conocí, sé que Víctor Raúl Haya de la Torre es uranista. Este año, si la memoria no me es infiel, cayó en Lima y comenzó a vincularse, por un lado, con los medios literarios; por el otro, con los círculos aristocráticos. En los primeros actuaba yo con empuje, como es sabido, y en ellos Haya tuvo recepción favorable, incluso, y muy marcada, de mi parte. Todos apreciamos pronto su clara inteligencia y su radiosa simpatía personal, sin escandalizarnos mucho ni poco por sus inclinaciones homosexuales, que no ocultaba, y, por lo demás, llevó a la práctica sin tardanza con los literatos y los señoritos proclives al mismo vicio. De esa época puedo citar si el propio Haya me urge, los nombres de algunas personas, unas ya desaparecidas, otras vivas, estas curadas de su abyección, aquellas contumaces en ella hasta la ancianidad, con los cuales el jefe del aprismo tuvo íntimas relaciones de esa naturaleza... Después la vida abrió nuestros caminos. Yo salí del país para escribir mis libros, dedicándome a la poesía que es la razón de ser de mi existencia; pero desde lejos advertí que Haya de la Torre, en punto a ideas y preferencias, había superado la etapa de su adolescencia aristocrática y palaciega, poniendo su talento y su voluntad al servicio de las doctrinas socialistas y abrazando la causa de los trabajadores y los oprimidos, amén del ideal estupendo de unificar a la llamada América Latina. ¿Cómo, pues, podría haberme negado a sus requerimientos en 1930 en Berlín, para que me sumase al partido que había fundado? Lo hice lleno de júbilo, de esperanza y de fe.

Ya en aquellos días de nuestro encuentro berlinés de 1930, luego en Lima, cuando fui a hacer al lado suyo la campaña electoral de 1931, y más tarde, cuando regresé al Perú en 1947, tuve la dolorosa impresión de que Haya seguía practicando su aberración contra natura. No creí, sin embargo, que ello pudiera traducirse en daño para el país ni para la causa reivindicacionista de la americanidad y de la justicia social que nos unía. Ahora comprendo que estaba en un error y rectifico mi yerro, que imagino común a cuantos conocen estos tristes antecedentes. He adquirido la convicción, basada en razonamientos de orden rigurosamente científicos, de que la pederastia, si bien no puede ser nociva para el ejercicio de las disciplinas literarias y artísticas -desde Miguel Ángel y Verlaine hasta Walt Whitman y André Gide, la historia privada de las artes y de las letras está llena de ejemplos- es necesariamente funesta en el hombre que se hace profesional de la política y aspira al gobierno de una nación... Un político, un hombre de gobierno, animado de las mejores intenciones pero atenazado por una incontrolada pasión sexual, puede transformarse en juguete de esa pasión, y así sabemos que algunos políticos eminentes, que se habían prefijado una conducta recta, sacrificaron ciegamente su destino de gloria ante el altar de una satisfacción amorosa o lúbrica. Las bellas espías trabajan precisamente sobre esa debilidad de los hombres, induciéndolos consciente o involuntariamente a la traición a la patria que, sin embargo, aman profundamente. En el caso del político sodomita tales términos se agudizan por lo mismo que se ve obligado a moverse dentro de una incómoda duplicidad existencial: su actuación pública debe aparecer lo más honorable posible, mientras su lascivia se desenvuelve en el marco de la abyección física, biológica y fisiológica. La consecución primero y la conservación después de una padrillo joven y vigoroso pueden ocasionar la quiebra de la conducta civil, el sacrificio de los principios, la enajenación de los intereses nacionales. Este es el caso de Víctor Raúl Haya de la Torre...

Yo contribuí en grado decisivo a la formación del mito Haya de la Torre. Me equivoqué y ahora propongo su demolición. Sus últimos actos demuestran que se halla en proceso de desequilibrio glandular, lo cual ha envenenado su alma, desgastado su carácter, aniquilado su voluntad. De allí la incertidumbre de sus posiciones y propósitos, su femenina versatilidad ante problemas como los del Estado, que requieren, especialmente en quienes aspiran al gobierno, claridad de enfoque y madurez de juicio. Salido de la embajada colombiana, lanza declaraciones descabelladas, en pugna con las doctrinas del propio partido que fundara, pero un mes más tarde, cuando se da cuenta de que los demás no lo acompañaremos en la apostasía, intenta vagas rectificaciones y la estratagema de que sus palabras fueron tergiversadas por los periodistas a los que, sin embargo, no desmintió enseguida, como es de práctica y hubiera sido su deber. Su incapacidad política está, por lo demás, suficientemente probada por el hecho de que, en treinta años de acción, no haya conseguido llevar a su partido al poder, observación esta que es tanto mía como de Seoane y está justificada por el espectáculo de una época en la cual los partidos llegan al gobierno en pocos años y aun en meses, o desaparecen y son absorbidos por nuevos y más ágiles movimientos.

...De una sana conjunción de afanes saldrá el gran partido que el Perú necesita, el gran partido que pudo ser el APRA y al que su creador mismo sumió en oprobio, de idéntica manera que algunos cerdos fagocitan a sus vástagos. Debemos tener fe en esto y yo me lleno de júbilo pensando en que así habrá de ser, aunque quizás no lo vea, pues alguien podrá dar en cualquier momento la orden de asesinarme.

De aquí que estime necesario, ineludible y urgente el que el Congreso dicte una ley prohibiendo el desempeño por los andróginos de los cargos claves de la administración pública y aún la dirección, notoria o encubierta, de los partidos políticos. Sólo así podrá el Perú librarse de las turbias contingencias, de los azares turbulentos a que han dado origen las ambiciones gubernamentales de Haya de la Torre y sus cómplices. Con ello se salvaría incluso el propio Haya, porque este, dueño de una inteligencia singular, de un talento prodigioso, libre entonces de esas aspiraciones, podría dedicarse por entero a realizar las obras de la mente para las que se halla maravillosamente dotado. De su pluma -escribe con una claridad y una penetración admirables- podrían salir trabajos acaso definitivos para el perfeccionamiento de los sistemas políticos y sociales y, por ende, para el bienestar de la humanidad.

Sólo una ley así podría evitar al Perú calamidades y desgarramientos inauditos, consecuencias que no podrían subsanarse ni en el transcurso de muchos años, porque los actos de quienes padecen tales estigmas -recién he venido a darme cuenta de ello- pueden revestir más peligrosidad que los de criminales natos o locos incorregibles. Mientras esa ley no se dicte, males terribles amenazan a la patria. Ella debe ser dada sin tardanza. Y así lo solicito, valiéndome del derecho a peticionar que tiene todo ciudadano.

ALBERTO HIDALGO (1897-1967)
Buenos Aires, julio de 1954

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