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martes, 18 de abril de 2017

Enseñar el ateísmo


Cuando, a partir del 11 de septiem­bre, los Estados Unidos —Occidente, por lo tanto— intiman a todos a tomar partido en la guerra religiosa entre el judeocristianismo y el islam, tal vez la posición preferible sea rechazar los términos de la alternativa planteados de ese modo y optar por una posición nietzscheana, ni judeocristiana ni musulma­na, por la sencilla razón de que esos contrincantes continúan su propia guerra religiosa, iniciada a partir de las incitaciones judías en Números —titulado originalmente el "Libro de gue­rra del Señor"— y constitutivas de la Tora, que justifican desde el combate sangriento contra los enemigos hasta variaciones recurrentes sobre el tema en el Corán acerca de la masacre de infieles. ¡Es decir, pese a todo, casi veinticinco siglos de incita­ción al crimen de una y otra parte! Lección de Nietzsche: entre los tres monoteísmos, podemos no querer elegir. Y no optar por Israel y los Estados Unidos no obliga, de hecho, a con­vertirse en compañero de ruta de los talibanes... 

Al parecer, el Talmud y la Tora, la Biblia y el Nuevo Testamento, el Corán y los hadit no ofrecen garantías sufi­cientes para que el filósofo elija entre la misoginia judía, cris­tiana o musulmana, para que opte en contra del cerdo y el alcohol, pero a favor del velo y la burka, para que frecuente la sinagoga, el templo, la iglesia o la mezquita, lugares donde la inteligencia no hace buen papel y donde predomina desde hace siglos la obediencia a los dogmas y la sumisión a la Ley, o sea, a los que pretenden ser los elegidos, los enviados y la palabra de Dios. 

A la hora en que se plantea la cuestión de la enseñanza de la religión en las escuelas con el pretexto de recrear el vínculo social, de volver a unir a la comunidad olvidada —a causa del liberalismo que produce la negatividad cotidiana, recordémos­lo...—, de generar un nuevo tipo de contrato social, de reen­contrar las fuentes comunes —monoteístas, en este caso...—, me parece que podemos optar por la enseñanza del ateísmo. Antes la Genealogía de la moral que las Epístolas a los Corintios. 

El deseo de meter la Biblia por la ventana y otras baratijas monoteístas que varios siglos de esfuerzos filosóficos echaron por la puerta —los de las Luces y la Revolución Francesa, el socialismo y la Comuna, la izquierda y el Frente Popular, el espíritu libertario y el Mayo del '68, y también Freud y Marx, la Escuela de Francfort y la sospecha de los nietzscheanos franceses de izquierda...— significa consentir, dicho con pro­piedad y desde el punto de vista etimológico, el pensamiento reaccionario. No a la manera de Joseph de Maistre, Louis de Bonald o Blanc de Saint-Bonnet —artificios demasiado ob­vios. ..—, sino a la gramsciana del retorno de las ideas diluidas, disimuladas, disfrazadas, reactivadas, de modo hipócrita, del judeocristianismo. 

No ponderamos con suficiente claridad los méritos de la teocracia, no asesinamos 1789 —aunque...—, no publicamos abiertamente una obra titulada Del Papa, para celebrar la gran­deza del poder político del soberano pontífice, pero estigmati­zamos al individuo, le negamos sus derechos y le imponemos deberes en abundancia, celebramos la colectividad contra la mónada, recurrimos a la trascendencia, eximimos al Estado y a sus parásitos de rendir cuentas con el pretexto de su extrate­rritorialidad ontológica, descuidamos al pueblo y calificamos de populista y demagogo a quien se preocupe por él, despre­ciamos a los intelectuales y a los filósofos que llevan a cabo su labor y resisten, y la lista puede continuar... 



Nunca como hoy lo que el siglo XVIII conoció bajó el nom­bre de "antifilosofía" ha adquirido tanta vitalidad: el retorno de lo religioso, la prueba de que Dios no ha muerto, sino que estuvo medio dormido durante un tiempo y que su despertar anuncia un futuro promisorio. Todo ello obliga a retomar posiciones que creíamos caducas y a comprometernos de nuevo en la lucha atea. La enseñanza de la religión vuelve a introdu­cir al lobo entre las ovejas; lo que los sacerdotes ya no pueden hacer abiertamente, podrán llevarlo a cabo por lo bajo en ade­lante: por medio de la enseñanza de las fábulas del Antiguo y Nuevo Testamento, de la transmisión de las ficciones del Corán y de los hadit, con el pretexto de permitirles a los esco­lares acceder con mayor facilidad a Marc Chagall, a la Divina comedia, a la Capilla Sixtina o a la música de Ziryab... 

Ahora bien, las religiones deberían incluirse entre las 62 materias ya existentes —filosofía, historia, literatura, artes plásticas, lenguas, etc.—, como enseñamos las protociencias: por ejemplo, la alquimia en el curso de química, la fitognomónica y la frenología en ciencias naturales, el totemismo y el pensamiento mágico en filosofía, la geometría euclidiana en matemáticas, la mitología en historia... O relatar epistemoló­gicamente de qué modo el mito, la fábula, la ficción y la sinra­zón preceden a la razón, la deducción y la argumentación. La religión proviene de una forma de racionalidad primitiva, genealógica y fechada. Reactivar esta historia anterior a la his­toria induce al retraso, incluso al fracaso de la historia de hoy y del futuro. 

Enseñar el ateísmo supondría la arqueología del sen­timiento religioso: el miedo, el temor, la incapacidad de en­frentar la muerte, la imposible conciencia de la incompletud y de la finitud del hombre, el papel principal y motor de la angustia existencial. La religión, esa creación de ficciones, requeriría un desmontaje en debida forma de los placebos ontológicos, como en filosofía abordamos la cuestión de la bru­jería, la locura y los límites, para encontrar y circunscribir una definición de la razón.

MICHEL ONFRAY
Tratado de Ateología

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