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jueves, 31 de agosto de 2017

Espectrografía del nihilismo

La época parece atea, pero sólo a los ojos de los cristianos o de los creyentes. De hecho, es nihilista. Los devotos del pasado tienen gran interés en identificar lo peor y la negatividad contemporánea con un producto del ateísmo. Persiste la vieja idea del ateo inmoral, amoral, sin fe ni ética. El lugar común en los últimos cursos del bachillerato, en virtud del cual "si Dios no existe, enton­ces todo está permitido" —cantinela que se adivina en "Los hermanos Karamasov", de Dostoievski—, sigue produciendo efectos y se asocia con la muerte, el odio y la miseria a los individuos que se valen de la ausencia de Dios para cometer sus fechorías. Esta tesis equivocada merece un desmontaje en debida forma. Pues más bien lo contrario me parece verdade­ro: "Porque Dios existe, entonces todo está permitido". Me explico. Tres mil años atestiguan, desde los primeros textos del Antiguo Testamento hasta el presente, que la afirmación de un Dios único, violento, celoso, pleitista, intolerante, belicoso ha causado más odio, sangre, muertes y brutalidad que paz... El fantasma judío del pueblo elegido que legitima el colonialis­mo, la expropiación, el odio, la animosidad entre los pueblos, además de la teocracia autoritaria y armada; la referencia cristiana a los mercaderes del templo o a un Jesús paulino que pretende venir para blandir la espada, lo que justifica las Cruzadas, la Inquisición, las guerras religiosas, el Día de San Bartolomé, las hogueras, el Index, pero también el colonialis­mo mundial, los etnocidios norteamericanos, el apoyo al fas­cismo del siglo XX, la omnipotencia temporal del Vaticano desde hace siglos hasta en los mínimos detalles de la vida co­tidiana; la reivindicación clara en casi todas las páginas del Corán de un llamado a acabar con los infieles, su religión, cul­tura, civilización, y también con los judíos y los cristianos, ¡en nombre de un Dios misericordioso! Tenemos aquí varias pis­tas que nos permiten profundizar la idea basada, justamente, en que debido a la existencia de Dios, todo está permitido, en él, por él, en su nombre, sin que a los fieles, al sacerdocio, a la gente común o a las altas esferas se les ocurra que allí haya algo censurable... 

Si la existencia de Dios, más allá de su forma judía, cris­tiana o musulmana, impidiera, por poco que fuera, el odio, la mentira, la violación, el saqueo, la inmoralidad, la malversa­ción, el perjurio, la violencia, el desprecio, la maldad, el crimen, la corrupción, la pillería, el falso testimonio, la depravación, la paidofilia, el infanticidio, la canallada, la perversión, habría­mos visto no a los ateos —puesto que son intrínsecamente viciosos—, sino a los rabinos, curas, papas, obispos, pastores, imanes, y con ellos a sus fieles, a todos sus fieles —y son mu­chos...—, practicar el bien, sobresalir en la virtud, predicar con el ejemplo y demostrarle al perverso sin Dios que la mora­lidad se encuentra de su lado: que respetan punto por punto los Diez Mandamientos y obedecen los mandatos de los suras ele­gidos, y por lo tanto no mienten ni saquean, no roban ni vio­lan, no levantan falsos testimonios ni matan —mucho menos fomentan atentados terroristas contra Manhattan o expedi­ciones punitivas en la franja de Gaza y no ocultan las prácticas de sus curas paidófilos—. ¡Veríamos, entonces, que sus comportamientos impecables y ejemplares serían capaces de convertir a los fieles a su alrededor! En lugar de eso... 

Es hora de que se deje de asociar el mal del planeta con el ateísmo. La existencia de Dios, me parece, ha generado en su nombre muchas más batallas, masacres, conflictos y guerras en la historia, que paz, serenidad, amor al prójimo, perdón de los pecados o tolerancia. Que yo sepa, los papas, príncipes, reyes, califas y emires no se destacaron en su mayoría por ser virtuosos, puesto que ya Moisés, Pablo y Mahoma sobresa­lieron, cada uno por su parte, en el asesinato, las palizas, o las razias, como lo demuestran sus biografías. Más variaciones sobre el tema del amor al prójimo... 

La historia de la humanidad muestra, sin duda alguna, los triunfos del vicio y las desdichas de la virtud... No existe justicia trascendente ni inmanente. Con o sin Dios, ningún hombre ha tenido nunca que pagar por insultarlo, ignorarlo, despreciarlo, olvidarlo o contrariarlo. Los teístas se ven obli­gados a hacer muchas contorsiones metafísicas para justificar el mal en el mundo mientras afirman la existencia de un dios al cual nada se le escapa. Los deístas parecen menos ciegos; los ateos dan la impresión de ser más lúcidos.

MICHEL ONFRAY
Tratado de Ateología
2005


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