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miércoles, 13 de enero de 2021

MATÍAS SERRANO A.K.A. MISAA INTERVIÚ :. Islas Resonantes



Matías Serrano aka Misaa ha publicado uno de los discos más perfektos de electrónica sudamericana de los últimos tiempos. Desde Santiago (Chile) ha modelado un catálogo donde el dream pop abstracto se con-funde con lo experimental lo que ha permitido a su última obra ser acogida por el net-label Pueblo Nuevo. "Minoritario" desborda amor por la exploración post digital y los trabajos de gente como Carsten Nicolai aka Alva Noto y Reed Ghazala

Serrano se desarrolla además a través de colectivos y sellos de inspiración deleuziana con la idea de tomar por asalto el establishment cultureta patriarcal: "El ejercicio del poder es una olla a (re)presión. La maquinaria requiere generar un ahogo, y ahogar cada manotazo que realiza el oprimido. Lo reprime con violencia física, económica, y con toneladas de imágenes que aluden a estructuras estáticas. Una categoría de mayoría, un punto en común, de ponerse de acuerdo, pero fundamentalmente inalcanzable e inaccesible en su totalidad. Y existe una contraparte de minoría: pobre, fea, violentada, espectadora de su propia minorización pero embobada en el sueño de ser incluido, algún día, por la mayoría. Pero hay una tercera categoría, la que no quiere ni necesita seguir jugando las reglas de un juego que fue creado para que lo perdieran. Personas con cuerpos defectuosos, débiles físicamente, géneros de segundo nivel, deprimidas, tímidas y mutantes, pero que no dejan de moverse. Requieren agitarse y articularse, conocerse y mirarse unas a otras, y así van dándose cuenta que no estaban tan solas, y que no necesitaban la normalidad que las imágenes represoras les proponían."


¿Por qué o qué es Misaa?

Misaa son mis iniciales (Matías Ignacio Serrano Acevedo). La última a es un extra porque ya había un chillón de artistas que se llamaban así. También es un pequeño homenaje a mi padre, que siempre firma con sus iniciales como MASO. También descubrí posteriormente otra relación sobre el nombre de mi primer disco, “minor planets”. El “planeta menor” Nº 569 se llama Misa, una bonita coincidencia!

¿Cómo se ha dado la evolución del dream pop electrónico de Minor Planets (2019) a la onda glitch experimental de Minoritario (2020)?

Fueron procesos creativos muy opuestos. Minor planets fue compuesto en un periodo de 5 años basado en la inseguridad y en la oscuridad personal. Estuve muy deprimido, y la posibilidad de crear y publicar un disco la veía como un mecanismo de validación ante la sociedad, porque como persona no me sentía muy atrayente en ningún sentido. Era demostrarme también que era capaz de crear algo que me gustara, y que quizá resonara en otras personas. Por lo mismo, me costó mucho aceptar los tracks y atreverme a liberarlos.

El problema creo con usar el arte como mecanismo de validación, es que esta desaparece al poco tiempo de publicar, y el vacío no tarda en volver, así que al mismo tiempo decidí enfocarme en la psicoterapia y resolver el cúmulo de inseguridades. Tampoco tenía muchas ganas de seguir componiendo, ya que artísticamente estaba desenvolviéndome de forma más consistente junto a Bárbara en la Colectiva 22bits, y los procesos colectivos me empezaron a parecer mucho más felices y satisfactorios.

A finales de 2019 en Chile ocurrió el estallido social, y en eso se juntaron dos cosas: Conocí a Damián, un chico de una asamblea territorial, que me compartió un libro con clases de Deleuze y me atrajo el concepto de lo minoritario, el que le hacía justicia a la búsqueda de un proceso paralelo, subterráneo, y que había brotado en ese periodo en Chile.

También hubo toques de queda, así que en la noche me encerré y me permití abrir el Ableton Live de nuevo. Conocí la síntesis granular y me encantaron las posibilidades (a)rítmicas que daba, así que fundé ambas experiencias en el disco. Fue un resultado de un proceso mucho más corto y libre, pero más denso política y colectivamente.

¿Qué instrumentos y herramientas utilizas?

De adolescente toco guitarra, así que siempre estoy explorando ahí melodías y armonías. He intentado varias veces estudiar teclado pero no he podido dedicarle el tiempo que requiere, así que por ahora lo uso para dibujar melodías más sencillas, o exploraciones armónicas intuitivas. Fuera de eso, valoro mucho el uso del estudio como instrumento, o particularmente el DAW mismo. Es imposible desapegarse sonoramente de lo que las herramientas tecnológicas nos ofrecen. Por lo mismo, uso principalmente Ableton, y evito cargar plug-ins o VSTs externos, ya que mucha posibilidad tiende a marear y tenerte pegado horas moviendo perillitas.

En minoritario usé principalmente Granulator, un sinte granular de Max for Live, y por él pasé muchas grabaciones de campo y maquetas antiguas que no habían tenido mucho uso.




¿Cómo es la escena experimental de Santiago?

Santiago es una ciudad grande, pero la mayoría de los nichos están localizados en el centro o en las comunas (distritos) de mayores recursos.

Hay encuentros pequeños, como lo fueron los Café con Cables de música electrónica experimental, o los conciertos de noise y circuit bending de la productora mutante. En Chile también hay encuentros destacados como el festival de arte sonoro Tsonami en Valparaíso o Toda la Teoría del Universo en Concepción, que son encuentros con alta carga performática y de actividades formativas potentes. No puedo recordar ahora algún encuentro de esa potencia en la capital, más allá de espacios esporádicos que abren algunos museos o universidades.

También se que hay (o había, hasta antes de la pandemia) una escena electrónica underground de club fuerte, y que proliferaba por toda la ciudad. Pero no me involucré nunca mucho por ahí. Luego de dejar el alcohol y las drogas por los tratamientos no me parecían lugares muy atractivos para ir.

¿Cómo abordas la composición de cada pieza?

En mis dos primeros discos seguí lógicas muy distintas. En el primero, partía de algún sample o línea melódica atractiva que utilizaba como motivo principal, y lo coloreaba a lo largo del tiempo, en una estructura musical muy influenciada por el post-rock y Mogwai, y que también es común en la electrónica. Partir abajo, subir a media altura, descansar, explotar y terminar la canción, jugando con este motivo a modularlo y acompañarlo. En ese disco siempre me pareció más bonito lo que se dibujaba detrás de los ritmos y estructuras principales, como quedaban sonando las cadenas de delay, así que generalmente les di harto espacio al final para que decayeran. También es un disco más narrativo, donde trato de sonorizar los nombres que se me ocurrieron para las canciones.

Luego esa estructura me agotó, así que en “minoritario” me la jugué por trabajar por capas y procesamiento, como si estuviera experimentando con cintas y música concreta. Cargaba un sample en Granulator, lo procesaba, grababa ese experimento en una pista y luego lo volvía a realizar, grabando en otra pista. Así me quitaba la presión de poder retocar lo anterior y me obligaba a trabajar con lo que quedaba rápidamente. Usé mucho como sample un sweep de 20 Hz a 20 kHz, una idea que le vi a Alva Noto en un video, y que me dio mucho juego para crear texturas a partir de tonos puros, e incluso muchos de los sonidos percusivos. Tampoco ocupé mucho la grilla, y permití que los ritmos se construyeran orgánicamente, fuera de la lógica rítmica de un metrónomo. Creo que eso le dio mucha organicidad al resultado.

Cuéntanos sobre Colectiva22 y Archivo Veintidós.

La Colectiva 22bits es un proyecto de arte y tecnología que levantamos junto a la diseñadora Bárbara Molina a finales de 2015. Empezamos creando una drum machine mecánica llamada “Tutupá” (https://vimeo.com/164729084) gracias a una beca en Santiago Maker Space. Eso nos abrió espacio a iniciativas de experimentación sonora y circuit bending como el Café con Cables, o el mismo festival Tsonami. Del desarrollo tecnológico pasamos a la creación artística, siempre colaborando con otras artistas o colectivas, y finalmente hemos estado más preocupadas de generar instancias formativas, así que nos hemos enfocado en generar más talleres de fabricación electrónica y escucha.

Incluso levantamos un espacio, Casa Oram (inspiradas en Daphne Oram), dedicado a estas actividades, pero que tuvimos que cerrar por la pandemia.

Dentro de los subproyectos de la colectiva está el netlabel Archivo Veintidós, desde donde difundimos trabajos de artistas de latinoamérica que crean en música experimental y arte sonoro. Nos pusimos el pie forzado de publicar los días 22 de cada mes, y lo hemos mantenido desde mayo de 2019, así que también somos un poco un magazine de ruiditos. La mayoría de las publicaciones, son discos debut de artistas jóvenes y compilados abiertos, para apoyar a nuevas/os artistas latinoamericanos en la construcción de sus portafolios y en tejer redes con el territorio.

¿Qué tal la experiencia de estudiar sonido en la Universidad de Chile el 2015?

En el momento que estudié sonido ahí, conducía al curioso título de “Licenciado en Artes mención Sonido”, dando la sensación de que estaba enfocado en la formación de artistas sonoros, pero en la práctica era una ingeniería con enfoque en producción musical de música docta, ya que se encontraba en la facultad de música en conjunto con el conservatorio. Esto me generó muchas contradicciones y me abrió la pregunta por buscar qué significaba ser artista sonoro, o crear arte desde la pregunta por la escucha más allá de la teoría musical. Valoro mucho en ese proceso las clases de electrónica, que me abrieron la cabeza para crear instrumentos, pedales y obras mediales; las clases de Acústica, que me enseñaron a escuchar y vincularme con el paisaje, y las de diseño sonoro para cine que me permitió vincularme profesionalmente con el mundo audiovisual. En su momento me aburrieron mucho las otras clases de matemática, ciencias y teoría musical, pero con el tiempo me he ido reconciliando con ese conocimiento.

Luego la carrera incorporó el título de Ingeniería en Sonido, así que se hizo mucho más claro el fin de ésta. Sigue siendo una carrera chica, me gustaría mucho que tuviera más impacto en la academia y en la sociedad. Podría ser un espacio de formación sobre la escucha con un impacto real en los procesos políticos y sociales. Espero se abran esas instancias pronto.

¿Cuál ha sido la recepción del público y los melómanos a tus sonidos?

No ha sido particularmente amplia, me da un poco de vergüenza autopromocionarme, y tampoco me relaciono mucho con el mundo melómano. El primer disco lo lancé al mismo tiempo que comenzamos el sello Archivo Veintidós, así que naturalmente le di más difusión al netlabel que a mi propio disco. De todas formas, me llegaron bonitos comentarios de amigas y amigos cercanos, alusivos al mood que generaba la escucha. También se me abrieron algunas puertas para crear música original para cine y videos web.

El segundo disco creo que resultó mucho más pretencioso, siento que trabajé los conceptos Deleuzianos muy superficialmente (¿hipstermente?) y el resultado fue más difícil de digerir. Probablemente sea más amigable de escuchar para personas que crean o muy aficionadas a los ruiditos. Por lo mismo, he recibido buenos comentarios también de creadores que forman parte del catálogo del sello Pueblo Nuevo, donde publiqué el disco, y de un par de comunidades en Reddit, poco más.

¿Qué estás escuchando actualmente?

Tengo mucha inquietud por descifrar que es lo que viene para la música y los sonidos de vanguardia. He estado hace unos años pegado con las texturas Kaitlyn Aurelia Smith y los tonos puros y melosos de Alva Noto

Últimamente también he seguido a Oneohtrix Point Never, veo en su propuesta la consolidación de esa idea de hacer que la música electrónica suene a algo vivo.

También he estado intentando descubrir a más mujeres creadoras, y me han atraído mucho Sarah Davachi, Kali Malone, Tomoko Sauvage, Ana Roxanne, Cucina Povera y Lucrecia Dalt. Siento que hay una sensibilidad distinta en su música, como si estuvieran relatando desde una dimensión humana, sensorial y no desde lo maquínico; del fetichismo tecnológico que abunda en la composición electrónica y experimental masculinizada.

También durante la pandemia exploré muchas listas de ambient, y me he visto volviendo continuamente a escuchar a Stereolab, ¡cuánta claridad política y frescura en esos sonidos!

Planes Futuros.

Tengo en carpeta de hace un año un álbum con un enfoque distinto, quizá más cercano al arte sonoro. Un disco de música ambient situado en un espacio acústico urbano muy especial de Santiago. Una propuesta similar a Palm Mall de 猫 シ Corp, que lo hizo en un centro comercial.

He tenido ganas también de hacer un álbum mucho más meloso, algo como lo de Òlafur Arnalds o Masayoshi Fujita. Lamentablemente la pandemia y el día a día me tienen con la energía puesta en el bienestar de mi núcleo familiar, básicamente Bárbara, nuestra perrita y yo. Así que no he me hecho el tiempo de encerrarme en ningún proyecto.

También -si todo sale bien- voy a entrar a estudiar al Magíster de Artes Mediales de la Universidad de Chile, y ahí pretendo crear sintetizadores modulares con un protocolo propio, fuera del sistema Eurorack. Quizá de ellos me atreva a publicar un disco solista, aunque de seguro será utilizado en acciones con 22bits.

Misaa es un proyecto al que, en perspectiva, le tengo harto menos cariño que la Colectiva 22bits o Archivo Veintidós. Me atrae mucho más últimamente la creación colectiva y la generación de comunidades que el hecho de componer aislado en el taller/estudio. Sin embargo aún hay futuro (creo), así que constantemente estaré volviendo a él para materializar alguna perspectiva.


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