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lunes, 26 de febrero de 2018

Luc Ferry says 4


Creo haber expuesto el rostro más amable del pensa­miento de Nietzsche sin intentar, en ningún momento, criticarlo, como he hecho con casi todos los demás gran­des filósofos cuyo pensamiento hemos abordado juntos.

Por un lado, estoy firmemente convencido de que hay que comprender antes de criticar, y entender lleva tiem­po, a veces mucho tiempo. Pero también se requiere, sobre todo, aprender a pensar gracias a los demás y con ellos an­tes de llegar a pensar, en la medida de lo posible, por uno mismo. Esta es la razón por la que no me gusta denigrar a ningún gran filósofo, incluso cuando esta postura me lle­va a callar objeciones que inevitablemente me vienen a la mente. Sin embargo, no puedo ocultarte por más tiempo una de ellas —en realidad, podría señalarte muchas más— que te hará comprender por qué, a pesar de todo el inte­rés que suscita en mí la obra de Nietzsche, jamás he podi­do ser nietzscheano. 

Mi objeción concierne a la doctrina del amor fati, una idea que, como has podido comprobar, se encuentra en muchas otras tradiciones filosóficas, especialmente en el caso de los estoicos y de los budistas, pero también en el materialismo contemporáneo, como verás en el siguiente capítulo. En el fondo, la doctrina del amor fati descansa sobre el principio siguiente: lamentar algo menos, esperar algo menos, amar un poco más lo real tal como es y, a ser posi­ble, amarlo en su totalidad. Comprendo perfectamente la serenidad, el alivio y el bienestar que, como dice el propio Nietzsche, puede hallarse en la inocencia del devenir. Yo añadiría que la exhortación, bien entendida, se dirige a los aspectos más penosos de lo real. Pues invitarnos a amar lo que es amable no tendría, en efecto, ningún sentido, es algo que va de suyo. ¡Lo que el sabio debe lograr es amar lo que venga, porque si no, no es un sabio al limitarse a amar, como todo el mundo, lo que es amable y a no amar lo que no lo es! Pero es aquí donde aprieta el zapato: si hay que decir sí a todo, si no se debe, como se nos dice, «tomar y dejar», sino asumirlo todo, ¿cómo evitar lo que un filósofo contemporáneo, discípulo de Nietzsche, Clément Rosset, de­nominaba con toda razón el «argumento del verdugo»?

Podemos enunciar este argumento más o menos de la siguiente manera: desde siempre han existido y existen en la tierra verdugos, torturadores. No cabe duda de que forman parte de lo real. ¡Por consiguiente, la doctrina del amor fati que nos invita a amar lo real tal como es nos está pidiendo que amemos también a los verdugos! Rosset considera que esta objeción es banal e irrisoria. En cierto aspecto tiene razón: convengo con él en que el argumento es trivial. Pero ¿acaso una proposición no pue­de ser banal y, a la vez, totalmente cierta? Pues bien, yo creo que estamos ante uno de esos casos. Otro filósofo contemporáneo, Theodor Adorno, se pre­guntaba si tras Auschwitz y el genocidio hitleriano perpe­trado contra los judíos, se podía seguir invitando a los hombres a amar el mundo tal como es, dando un «sí» sin reserva ni excepción. ¿Es posible? Epicteto, por su parte, confesó que nunca, en toda su vida, había dado con un sa­bio estoico que amara el mundo en toda ocasión, incluso en los tiempos más atroces que cupiera imaginar, que se abstuviera en toda circunstancia tanto de lamentar como de esperar. ¿Debemos ver en este desfallecimiento una locura, una debilidad pasajera, una falta de sabiduría, o el signo inequívoco de que la teoría se tambalea, de que el amor fati no sólo es imposible, sino que, en ocasiones, pa­rece simplemente obsceno? Si debemos aceptar todo lo que es como es, en toda su trágica dimensión de sin senti­do radical, ¿cómo evitar la acusación de complicidad, de colaboración con el mal? Pero aún hay más, incluso mucho más. Si el amor al mundo tal y como es resulta no ser realmente practicable, ¿no corren los estoicos, los budistas y Nietzsche el riesgo de estar planteando irremediablemente un nuevo ideal y, por eso mismo, una nueva forma de nihilismo? En mi humil­de opinión, éste es el argumento de mayor peso que cabe aducir contra esa larga tradición que abarca desde los sa­bios más antiguos de Oriente v Occidente hasta el mate­rialismo más contemporáneo. ¿Para qué pretender aca­bar con el «idealismo», con todos los ideales y todos los ídolos si, al final, este soberbio programa filosófico resul­ta ser, en sí mismo... un ideal? ¿De qué sirve mofarse de todas las figuras que encarnan la trascendencia y apelar a esa sabiduría que ama lo real tal cual es si, a su vez, este amor es perfectamente trascendente, si resulta ser un ob­jetivo radicalmente inaccesible cada vez que las circuns­tancias que nos toca vivir son algo difíciles?

Sea cual fuere la respuesta que se dé a estos interrogan­tes, no debe llevarnos a subestimar la importancia históri­ca de la respuesta nietzscheana a las tres grandes pregun­tas que plantea toda filosofía: la genealogía como nueva teoría, el gran estilo como una forma de moral inédita y la inocencia del devenir como doctrina de la salvación sin Dios ni ideal conforman un todo coherente que tengo la certeza de que te hará reflexionar mucho tiempo. Al inten­tar deconstruir la noción misma de ideal, el pensamiento de Nietzsche deja expedito el camino para los grandes materialismos del siglo xx, con sus ideas sobre la inma­nencia radical del ser en el mundo. Estos, aún conservan­ do todos los defectos del modelo original, disfrutaron de una larga y fecunda posteridad. A modo de conclusión, quisiera comentarte cómo la obra de Nietzsche será objeto de tres interpretaciones (sólo voy a hablarte de las que merecen la pena, las que parten de una lectura seria). En primer lugar, cabe hacer una lectura radicalmente antihumanista de Nietzsche, basándose en su deconstruc­ción sin precedentes de los ideales de la filosofía de la Ilustración. Y, de hecho, Nietzsche arrambla con el pro­greso, la democracia, los derechos del hombre, la repúbli­ca, el socialismo, con todos sus ídolos y algunos más, de forma que no es de extrañar que cuando Hitler se encon­tró con Mussolini, le regalara una bella edición de sus obras completas. Como tampoco es casualidad que tam­bién se le haya utilizado desde tendencias tan diferentes a la anterior como el izquierdismo cultural de los años se­senta. Puede que lo único que tengan en común sea el desprecio hacia la democracia y el humanismo.

Por otro lado, desde la óptica opuesta, se le puede con­siderar un paradójico continuador de la filosofía de la Ilustración, un heredero de Voltaire y los moralistas fran­ceses del siglo xviii. Esto no tiene nada de absurdo. Desde este punto de vista, Nietzsche habría continuado la labor que ellos iniciaron criticando la religión, la tradición, el Antiguo Régimen, poniéndolo en evidencia sin cesar, de­senmascarando tras los grandes ideales intereses inconfe­sables e hipocresías ocultas.



Por último, también se puede leer a Nietzsche como a alguien que asistía al nacimiento de un mundo nuevo, un mundo en el que las nociones de significado e ideal van a desaparecer en beneficio, exclusivamente, de la lógica de la voluntad de poder. Esta es la interpretación que hará Heidegger, como tendremos ocasión de comprobar en el próximo capítulo. El veía en Nietzsche al «pensador de la técnica», al primer filósofo que había sido capaz de des­truir completamente y sin el menor rastro de la noción de «finalidad», la idea de que la existencia humana tiene un sentido que debemos buscar, objetivos que hemos de per­seguir, fines que sería bueno realizar. En efecto, a partir de la formulación del gran estilo, el único criterio que subsiste para definir lo que es la vida buena es el criterio de la intensidad, de la fuerza por la fuerza misma en detri­mento de todos los ideales superiores. Y esto ¿no implica que tras la felicidad de deconstruir, el mundo contemporáneo se ve abocado al puro cinismo, a seguir las leyes ciegas del mercado y a globalizar la com­petición?

Como vas a tener ocasión de comprobar, merece la pena, al menos, plantear la pregunta.


LUC FERRY
Aprender a vivir. Filosofía para mentes jóvenes.
2006

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barbarismos

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El Comité empezó a ser acosado por la policía. Hipólito Salazar, que había fundado la Federación Indígena Obrera Regional Peruana, fue deportado. Urviola enfermó de tuberculosis y falleció el 27 de enero de 1925. Cuando enterraron a Urviola varios dirigentes de la Pro-Derecho Indígena Tahuantinsuyo no pudieron asistir a su velatorio en el local de la Federación de Choferes, en la calle Sandia. El sepelio fue multitudinario. Los ejércitos particulares de los hacendados se dedicaron a quemar las escuelas que el Comité había abierto en diversos puntos del interior del Perú y persiguieron también a sus alumnos y profesores. Antes de la sublevación de Huancané de 1923, fusilaron a tres campesinos de Wilakunka solo porque asistían a una de estas escuelas. El año siguiente, durante una inspección que realizó a las comunidades de Huancané, el Obispo de Puno, Monseñor Cossío, constató la acción vandálica de los terratenientes que habían incendiado más de sesenta locales escolares. No contentos con quemar las escuelas que organizaba el Comité y asesinar a sus profesores o alumnos, los gamonales presionaron a las autoridades locales para que apresen a los delegados indígenas y repriman a los campesinos que los apoyaban. Entre 1921 y 1922, diversos prefectos y subprefectos perpetraron crímenes y atropellos. Hubo casos donde fueron los mismos gamonales los que se encargaron de asesinar a los delegados de la Pro-Derecho Indígena Tahuantinsuyo. Domingo Huarca, delegado de los comuneros de Tocroyoc, departamento del Cusco, quien había estado en Lima tramitando memoriales, fue brutalmente asesinado. Los gamonales primero lo maltrataron, después le sacaron los ojos y finalmente lo colgaron de la torre de una iglesia. Vicente Tinta Ccoa, del subcomité de Macusani, en Puno, que fue asesinado por los gamonales del lugar. En agosto de 1927, la Pro-Derecho Indígena Tahuantinsuyo dejó de funcionar luego que, mediante una resolución suprema, el gobierno de Leguía prohibió su funcionamiento en todo el país. Gran parte de la promoción de líderes indígenas que se forjó con la Pro-Derecho Indígena Tahuantinsuyo engrosó los nuevos movimientos sociales que iban a desembocar en la formación del Partido Comunista y el Partido Aprista. Fueron los casos de Ezequiel Urviola, Hipólito Salazar y Eduardo Quispe y Quispe, que fueron atraídos por la prédica socialista de José Carlos Mariátegui; o de Juan Hipólito Pévez y Demetrio Sandoval, que se acercaron a Víctor Raúl Haya de la Torre y el Partido Aprista. En 1931, después del derrocamiento de Leguía y la muerte de Mariátegui, el Partido Socialista, convertido en Partido Comunista, lanzó la candidatura del indígena Eduardo Quispe y Quispe a la Presidencia de la República. HÉCTOR BÉJAR.

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realismo capitalista peruano, ¡ja, ja!

rojo 2

es más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo

En tercer lugar, un dato: una generación entera nació después de la caída del Muro de Berlín. En las décadas de 1960 y 1970, el capitalismo enfrentaba el problema de cómo contener y absorber las energías externas. El problema que posee ahora es exactamente el opuesto: habiendo incorporado cualquier cosa externa de manera en extremo exitosa, ¿puede todavía funcionar sin algo ajeno que colonizar y de lo que apropiarse? Para la mayor parte de quienes tienen menos de veinte años en Europa o los Estados Unidos, la inexistencia de alternativas al capitalismo ya ni siquiera es un problema. El capitalismo ocupa sin fisuras el horizonte de lo pensable. Jameson acostumbraba a detallar con horror la forma en que el capitalismo penetraba en cada poro del inconsciente; en la actualidad, el hecho de que el capitalismo haya colonizado la vida onírica de la población se da por sentado con tanta fuerza que ni merece comentario. Sería peligroso y poco conducente, sin embargo, imaginar el pasado inmediato como un estado edénico rico en potencial político, y por lo mismo resulta necesario recordar el rol que desempeñó la mercantilización en la producción de cultura a lo largo del siglo XX. El viejo duelo entre el détournement y la recuperación, entre la subversión y la captura, parece haberse agotado. Ahora estamos frente a otro proceso que ya no tiene que ver con la incorporación de materiales que previamente parecían tener potencial subversivo, sino con su precorporación, a través del modelado preventivo de los deseos, las aspiraciones y las esperanzas por parte de la cultura capitalista. Solo hay que observar el establecimiento de zonas culturales «alternativas» o «independientes» que repiten interminablemente los más viejos gestos de rebelión y confrontación con el entusiasmo de una primera vez. «Alternativo», «independiente» yotros conceptos similares no designan nada externo a la cultura mainstream; más bien, se trata de estilos, y de hecho de estilos dominantes, al interior del mainstream.
Nadie encarnó y lidió con este punto muerto como Kurt Cobain y Nirvana. En su lasitud espantosa y su furia sin objeto, Cobain parecía dar voz a la depresión colectiva de la generación que había llegado después del fin de la historia, cuyos movimientos ya estaban todos anticipados, rastreados, vendidos y comprados de antemano. Cobain sabía que él no era nada más que una pieza adicional en el espectáculo, que nada le va mejor a MTV que una protesta contra MTV, que su impulso era un cliché previamente guionado y que darse cuenta de todo esto incluso era un cliché. El impasse que lo dejó paralizado es precisamente el que había descripto Jameson: como ocurre con la cultura posmoderna en general, Cobain se encontró con que «los productores de la cultura solo pueden dirigirse ya al pasado: la imitación de estilos muertos, el discurso a través de las máscaras y las voces almacenadas en el museo imaginario de una cultura que es hoy global». En estas condiciones incluso el éxito es una forma del fracaso desde el momento en que tener éxito solo significa convertirse en la nueva presa que el sistema quiere devorar. Pero la angustia fuertemente existencial de Nirvana y Cobain, sin embargo, corresponde a un momento anterior al nuestro y lo que vino después de ellos no fue otra cosa que un rock pastiche que, ya libre de esa angustia, reproduce las formas del pasado sin ansia alguna.
La muerte de Cobain confirmó la derrota y la incorporación final de las ambiciones utópicas y prometeicas del rock en la cultura capitalista. Cuando murió, el rock ya estaba comenzando a ser eclipsado por el hiphop, cuyo éxito global presupone la lógica de la precorporación a la que me he referido antes. En buena parte del hip hop, cualquier esperanza «ingenua» en que la cultura joven pueda cambiar algo fue sustituida hace tiempo por una aceptación dura de la versión más brutalmente reduccionista de la «realidad». «En el hip hop», escribió SimonReynolds en su ensayo de 1996 para The Wire :
«Lo real» tiene dos significados. En primer lugar, hace referencia a la música auténtica que no se deja limitar por los intereses creados y se niega a cambiar o suavizar su mensaje para venderse a la industria musical. Pero «real» también es aquella música que refleja una «realidad» constituida por la inestabilidad económica del capitalismo tardío, el racismo institucionalizado, la creciente vigilancia y el acoso sobre la juventud de parte de la policía. «Lo real» es la muerte de lo social: es lo que ocurre con las corporaciones que, al aumentar sus márgenes de ganancia, en lugar de aumentar los sueldos o los beneficios sociales de sus empleados responden […] reduciendo su personal, sacándose de encima una parte importante de la fuerza de trabajo para crear un inestable ejército de empleados freelance y demedio tiempo, sin los beneficios de la seguridad social.


MARK FISHER.

perú post indie

Haz el ejercicio de pasear una tarde por la plaza del Cuzco, siéntate a la vera de su fuente y distinguirás entre cuzqueños, entre las decenas de argentinos hippies (muchos realmente insoportables), unos cuantos chilenos y de esa pléyade de "gringos" -que vienen dispuestos a ser estafados, bricheados, etc-, a unos curiosos especímenes: los limeños.
Contrariamente a lo que creemos los hijos de esta tierra, lo primero que nos delatará será nuestro "acento". Sí, querido limeño, tenemos acento, un acentazo como doliente, como que rogamos por algo y las mujeres, muchas, además un extraño alargamiento de la sílaba final. Pero lo que realmente suele llamarme la atención es la manera como nos vestimos para ir al Cuzco, porque, el Cuzco es una ciudad, no el campo. Tiene universidades, empresas, negocios, etc. Siin embargo, casi como esos gringos que para venir a Sudamérica vienen disfrazados de Indiana Jones o su variante millenial, nosotros nos vestimos como si fuésemos a escalar el Himalaya. Ya, es verdad que el frío cuzqueño puede ser más intenso que el de la Costa -aunque este invierno me esté haciendo dudarlo- pero echa un vistazo a todo tu outfit: la casaca Northfake, abajo otra chaquetilla de polar o algo así de una marca similar, las botas de montañista, tus medias ochenteras cual escarpines, todo...
Y es que esa es la forma como imaginamos la Sierra: rural, el campo, las montañas, aunque en el fondo no nos movamos de un par de discotecas cusqueñas. Es decir, bien podrías haber venido vestido como en Lima con algo más de abrigo y ya; pero no, ir al Cuzco, a la sierra en general es asistir a un pedazo de nuestra imaginación geográfica que poco tiene que ver con nuestros hábitos usuales del vestido, del comportamiento, etc. Jamás vi en Lima a nadie tomarse una foto con una "niña andina" como lo vi en Cuzco y no ha sido porque no haya niños dispuestos a recibir one dollar por una foto en Lima, pero es que en Cuzquito (cada vez que escucho eso de "Cuzquito" me suda la espalda) es más cute. Ahora, sólo para que calcules la violencia de este acto, ¿te imaginas que alguien del Cuzco -Ayacucho, Huancavelica, Cajamarca o hasta de Chimbote- viniese y te pidiera tomarse una foto con tu hijita, tu sobrino, o lo que sea en Larcomar para subirlo a Instagram o al Facebook? ¿Hardcore, no?


FRED ROHNER
Historia Secreta del Perú 2

as it is when it was

sonido es sonido

sonido es sonido

pura miel

nogzales der wil

RETROMANÍA

"...Pero los 2000 fueron también la década del reciclado rampante: géneros del pasado revividos y renovados, material sonoro vintage reprocesado y recombinado. Con demasiada frecuencia podía detectarse en las nuevas bandas de jóvenes, bajo la piel tirante y las mejillas rosadas, la carne gris y floja de las viejas ideas... Pero donde lo retro verdaderamente reina como sensibilidad dominante y paradigma creativo es en la tierra de lo hipster, el equivalente pop de la alta cultura. Las mismas personas que uno esperaría que produzcan (en tanto artistas) o defiendan (en tanto consumidores) lo no convencional y lo innovador: ese es justamente el grupo más adicto al pasado. En términos demográficos, es exactamente la misma clase social de avanzada, pero en vez de ser pioneros e innovadores han cambiado de rol y ahora son curadores y archivistas. La vanguardia devino en retaguardia." SIMON REYNOLDS Retromanía

kpunk

las cosas como son

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las cosas como son II

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